viernes, 15 de junio de 2018

La velocidad, en tres movimientos

UNO: VELOCIDADES DE CONEXIÓN

La artista india Reena Saini Kallat (Delhi, 1973) teje un mundo interconectado a través de cables eléctricos que actúan como caminos para el comercio y la tecnología. Pero también dibuja un mapa lleno de barreras, representadas por alambres de púas, que impiden la movilidad a millones de personas a las que, si han sido capaces de sortearlas para llegar a otros territorios-países, se las pretende relegar a ciudadanos marginales y casi siempre sospechosos. Los altavoces que incorpora en esta obra reproducen sonidos de sirenas de fábricas y de barcos, el zumbido de teléfonos conectados y el ruido ambiental de las profundidades oceánicas entremezclados con los sonidos de aves migratorias. Un mapa acústico para retratar un mundo dinámico y en movimiento..., pero de diferentes velocidades.


Woven Chronicle (Crónica tejida), de Reena Saini Kallat (años 2011-2016). Cables eléctricos, placas de circuitos, altavoces, accesorios y audio de 10 minutos, 322 x 1447 x 30 cm. Vista de la instalación en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en 2016

Las placas rígidas en que se divide la capa superior de la Tierra, las placas litosféricas, remiten también a un principio de conexión y movimiento. Distribuidas a modo de puzle, sus piezas han ido cambiando de forma y posición a lo largo de la historia del planeta. Y su velocidad y dirección de movimiento influyen en el resto. Las interacciones se hacen más evidentes en sus bordes-fronteras.

Las dorsales oceánicas, esas cadenas submarinas de miles de kilómetros de longitud y centenares de kilómetros de anchura, representan los límites entre placas que divergen. A través de sus fosas centrales (rifts) sale material fundido del interior terrestre que, al solidificarse, da origen a la creación de nueva corteza oceánica y a la consecuente expansión del fondo marino. Por ello, las rocas del fondo oceánico son más antiguas a medida que se alejan de las dorsales. 
Edad de la corteza oceánica a ambos lados de la dorsal atlántica, en millones de años. El color violeta aparece en las zonas más alejadas de la dorsal y señala las rocas más antiguas, de poco más de 160 millones de años; por el contrario, las rocas más jóvenes, de colores anaranjados, y con edades inferiores a 30 millones de años, se sitúan junto a la cordillera oceánica. Los datos de edades provienen de EarthByte, un grupo de colaboración en Ciencias de la Tierra que ha recopilado, seleccionado y estructurado una enorme cantidad de información, en el que participan varias universidades australianas

Un detalle de la figura anterior, centrado en el Atlántico Norte. Se puede descargar un archivo KMZ para visualizar en Google Earth las edades de la litosfera en todo el planeta a través de este enlace (¡sensacional!)

La velocidad de separación entre las placas a lo largo de la dorsal es, sin embargo, diferente. En el Atlántico Norte las velocidades que se han medido fluctúan entre 1,8 y 2,3 centímetros al año, mientras que en el Atlántico Sur varían entre 2,5 y 4,1. En conjunto, y de forma simplificada, se considera que la separación a partir de la dorsal atlántica es de unos 2,5 cm al año. ¿Esto es muy rápido o muy lento? Depende, claro, con qué se compare. Esa velocidad es similar a la del crecimiento de los corales marinos pétreos y algo más del doble que el engrosamiento anual del tronco de muchos árboles adultos. Pero si lo comparamos con otras dorsales oceánicas, como la del Pacífico oriental, donde la velocidad de separación llega a ser de más de seis veces superior, vemos que la dorsal atlántica crea suelo oceánico a un ritmo bastante lento. Los factores que determinan estas velocidades no son suficientemente conocidos, aunque se constata que son más altas cuando la dorsal se sitúa frente a una fosa oceánica, donde la placa se pierde, o subduce, hacia el interior terrestre. Y al hundirse algunos de sus minerales se comprimen y se hacen más densos, lo que hace que este sobrepeso tire del resto de la placa y acelere la apertura de la dorsal. 

En cualquier caso esos dos centímetros y medio implican que América se separa de Europa y África unos 25 kilómetros por cada millón de años (un breve periodo de tiempo a escala geológica). El lector interesado puede encontrar una excelente revisión del movimiento y velocidad de las diferentes placas desde hace 230 millones de años hasta la actualidad en este artículo del año 2016 firmado por Dietmar Müller, de la Universidad de Sídney, junto con otros colegas de esa misma institución, de la Universidad de Oslo y del Instituto de Tecnología de California. 

DOS: MARE NOSTRUM (MUERTE Y VELOZ RESURRECCIÓN)  

El movimiento de las placas y la posición de sus límites, así como el tipo de límite (convergente, divergente o transformante, donde las placas solo deslizan entre sí, sin crear ni destruir corteza) determinan la distribución de importantes fenómenos geológicos. El volcanismo y la localización de terremotos son claros ejemplos de ello. Pero no solo son responsables de este tipo de procesos.

El mar Mediterráneo, hace poco más de 6 millones de años, estaba conectado con el océano Atlántico a través de dos pasillos o corredores, situados entre el extremo sur de la península Ibérica y el noroccidente africano. Ambos continentes, el europeo y el africano, se encontraban en esta zona mucho más separados de lo que hoy aparecen (que están a solo 14 km en el Estrecho de Gibraltar), con una gran isla en medio que permitía una fácil circulación entre las masas de agua del océano y del Mediterráneo. Pero el acercamiento de las placas Ibérica y Africana, junto con la rotación de grandes bloques en el Arco de Gibraltar, tanto en la Cordillera Bética (que lo hicieron en el sentido de las agujas del reloj) como en la cordillera marroquí del Rif (en el sentido contrario), alteró sustancialmente esta disposición.  

A consecuencia de ello, se cerró la comunicación entre ambos mares y se produjo uno de los acontecimientos con mayor impacto ambiental en el planeta de los últimos 60 millones de años: la evaporación superó ampliamente al volumen de agua aportado por los ríos y por la lluvia caída directamente sobre el Mediterráneo, lo que se tradujo en un descenso del nivel del mar de entre 1.300 a 2.400 metros y la desecación de amplias zonas del Mediterráneo.
           Este mapa batimétrico sirve para hacerse una idea aproximada de cómo era el Mediterráneo entre hace 5,3 y 6 millones de años. En color gris, la actual tierra firme. Las áreas con colores naranja y amarillo quedaron emergidas; las de color azul turquesa, cubiertas solo por una relativamente delgada lámina de agua o, incluso, pudieron quedar parcialmente emergidas; las de color azul más intenso, hoy a más de 2.500 metros bajo el nivel del mar, permanecieron sumergidas, aunque bajo un espesor de agua mucho menor que el actual. Este mapa batimétrico lo publicó, en el año 2012, la Comisión para el Mapa Geológico del Mundo  

El extraordinario fenómeno que afectó al Mediterráneo durante esos 700.000 años se conoce como la Crisis de Salinidad del Messiniense (= nombre del piso geológico en que ocurrió). El Mare Nostrum se convirtió durante esa época en una salina gigante.Y ocurrió algo similar, salvando las escalas, a lo que se puede observar en cualquier salina litoral: fueron precipitando grandes cantidades de yesos y sales, estas en las zonas más profundas de la cuenca mediterránea. El espesor de la sal, principalmente cloruro sódico, llega a superar en algunos puntos los 1.600 metros. 
Mina de sal de Realmonte (provincia de Agrigento, Sicilia). La sal se depositó durante el evento conocido como Crisis de Salinidad del Messiniense. Foto vía meridionews.it

Aún no se conocen con exactitud los mecanismos que condujeron a la reapertura de la comunicación entre el Mediterráneo y el Atlántico, comunicación que se produjo hace 5,3 millones de años a través del recién nacido Estrecho de Gibraltar, que tenía un aspecto muy similar al que podemos ver actualmente.

Durante mucho tiempo se ha pensado que el Mediterráneo se fue rellenando del agua del Atlántico a lo largo de miles o decenas de miles de años, a través de unas fotogénicas cataratas. El dibujante francés Guy Billout (Decize, 1941) ilustró así esta suposición: 
    Esta ilustración de Guy Billout recrea la progresiva inundación del Mediterráneo, a través de unas hipotéticas cataratas en el Estrecho de Gibraltar, que puso fin a la crisis salina del Messiniense hace 5,3 millones de años. A la izquierda, la inconfundible silueta del Peñón de Gibraltar. El dibujo apareció publicado por primera vez en The Atlantic Monthly, una revista cultural y literaria editada en EE. UU.

Sin embargo, en el año 2009 Daniel García-Castellanos (del Instituto de Ciencias de la Tierra, Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y otros seis investigadores publicaron en la revista Nature un nuevo modelo de relleno del Mediterráneo, a partir de los datos disponibles de perforaciones y estudios sísmicos y de la aplicación de modelos de erosión de cauces validados en ríos de montaña. Llegaron a dos importantes conclusiones. Primera, que no hubo tal catarata, sino que se desencadenó una brutal inundación, que fue capaz de crear en el fondo marino un cañón de más de 200 kilómetros de longitud, 8 kilómetros de anchura y 500 metros de profundidad. Segunda: el flujo de agua desde el Atlántico, con un caudal mil veces superior al del río Amazonas, permitió que el Mediterráneo fuera subiendo su nivel a un ritmo de más de 10 metros al día y que se rellenara de nuevo de agua en un periodo de entre unos meses y un par de años. Más rápido, imposible. 

Brutales inundaciones imagina el artista Pablo Genovés (Madrid, 1959), que anegan palacios, iglesias, bibliotecas, teatros,... Sobre esta serie de inquietantes collages fotográficos, que agrupa bajo el nombre de Precipitados, Genovés ha dicho: "Hemos llegado al principio de un final y perdido el deleite por las ideas. Precipitados es un Apocalipsis contenido, casi esperanzador. Estamos a tiempo de cambiar las cosas". 
          Nave, de Pablo Genovés (2017). Impresión de tintas pigmentadas sobre papel baritado, 194 x 182 cm

La última biblioteca, de Pablo Genovés (2010). Impresión de tintas pigmentadas sobre papel baritado, 145 x 158 cm

TERCER Y ÚLTIMO MOVIMIENTO: DEPRISA, DEPRISA 

El impacto de meteoritos en la Tierra ha jugado un papel importante, en ocasiones esencial, a lo largo de la evolución geológica del planeta. 

El meteorito de Chicxulub, que impactó al norte de la península de Yucatán, en México, ocasionó una crisis climática que llevó a una extinción masiva de especies, dinosaurios incluidos, con la que se cerró el período Cretácico hace 66 millones de años. La confirmación de esta hipótesis, a finales del siglo XX, fue un duro revés para los defensores a ultranza del uniformismo, que postula que los grandes cambios conservados en el registro geológico son fruto de la acción lenta y continua de procesos físicos y químicos a lo largo de millones de años, paradigma propuesto por Hutton en 1785 y por Lyell en 1830, base de la geología moderna. Pero, tras descubrirse las implicaciones que supuso ese meteorito en la historia geológica, no quedó más remedio, incluso a los más acérrimos, que convivir con este neocatastrofismo. De hecho, los cambios rápidos, casi instantáneos desde una perspectiva del tiempo geológico, se comenzaron a mirar desde entonces con renovadas energías. Hoy ya se acepta sin demasiadas reservas, por ejemplo, el  destacado papel que jugaron los bombardeos de asteroides en las épocas primitivas de la Tierra (especialmente en los primeros 500 o 600 millones de años), un hecho clave para entender diferentes aspectos relacionados con la estructura y composición del planeta y, posiblemente, con el inicio de su particular dinámica. 

Los grandes impactos meteoríticos se consideraban una rareza a mediados del siglo pasado. En gran parte, debido a que los cráteres que generaban los impactos se han ido borrando por erosión, sedimentación, formación de cinturones montañosos, etc. Y también por la ausencia de otros criterios geológicos para identificarlos. Pero cuando ya se han desarrollado esos criterios y se han dispuesto de nuevas herramientas, incluyendo una enorme facilidad para acceder a más y mejores imágenes de satélite, el panorama ha cambiado radicalmente: en 1950 apenas se admitía la existencia de once cráteres meteoríticos; el año pasado se han confirmado ya 190, y no pocos están en lista de espera

Uno de los cráteres de impacto mejor conservados del mundo es el Meteor Crater, también conocido como Cráter Barringer. Se encuentra en Arizona (EE. UU.), a unos 70 km al sureste de la ciudad de Flagstaff. La reciente edad del impacto, unos 50.000 años, el tamaño del cráter, la ausencia de vegetación y el clima árido del entorno (con escasa erosión) han permitido que sea fácilmente reconocible y no haya sufrido grandes cambios desde que se creó. El cráter cuenta, desde hace años, con un centro de visitantes y es una de las grandes atracciones turístico-geológicas del estado de Arizona, junto con el Gran Cañón del Colorado y el Parque Nacional del Bosque Petrificado, del que se encuentra a solo 125 km.  
         El Cráter Barringer tiene un diámetro de unos 1.200 metros. Foto copyright Warren06 

Pero su reconocimiento como cráter solo se produjo en una fecha tan tardía como 1960. La verdad geológica oficial mantenía hasta entonces que se había creado debido a un volcán de carácter explosivo y al posterior hundimiento del edificio volcánico. Lo increíble es que se defendía esa hipótesis sin que hubiera ¡ni una sola roca volcánica en el cráter ni en sus inmediaciones! En ese año de 1960 el geólogo Eugene Shoemaker confirmó su auténtico origen. Para ello estudió también los cráteres de impacto que se crearon por las pruebas de bombas atómicas en el estado de Nevada y vio que tanto en ellos como en el cráter Barringer aparecían dos formas de cuarzo, coesita y sthisovita, que solo se producen de forma instantánea bajo altísimas presiones. Que, además, nunca se han encontrado fuera de zonas de impacto. Shoemaker no solo aclaró el origen del cráter, sino que su investigación mostró un magistral ejemplo de utilización inteligente de los modelos analógicos, o análogos, en geología.
     El cráter Barringer presenta una profundidad de 170 metros. Para esta imagen, de Google Earth, he inclinado el punto de vista hacia el norte (parte superior de la imagen) y he exagerado discretamente el relieve (en un factor de 1,5) para mostrar con más claridad el fondo y las paredes del cráter

La irlandesa Aoife van Linden (condado de Cork, 1978) incorpora a su práctica artística el interés que tiene en la naturaleza, el cosmos, la física y la química. El año pasado obtuvo una residencia, patrocinada por la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) para desarrollar un proyecto artístico. 
    Impacto, de Aoife van Linden (2017). Papel, tinta, jugo de limón y calor

Durante su segundo periodo de estancia, organizó un taller con científicos e investigadores, a los que invitó a que trajeran cualquier material (imágenes, textos científicos, cartas, tratados, o cualquier otro documento) que representara para ellos el concepto de "dejar una huella" en la historia de la ciencia o de la exploración espacial. Para esta obra, Van Linden utilizó como fondo el texto del Tratado del Espacio Exterior, que compuso como si fuera un mosaico de imágenes de la superficie de un planeta. Después, invitó a los científicos a que dejaran su huella lanzando zumo de limón. Terminó la obra pasando una pistola de calor, con la que finalizó la composición de este especial impacto meteorítico

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     Próxima entrada: primera semana de agosto de 2018. Mientras, sean felices (con moderación). 

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